Excusa del mal pagador: chicas de cuota

Publicado en General el 27 de Marzo, 2006, 9:52 por floreal
Cuando no se quiere o no se puede hacer una verdadera política de
izquierdas, surge como sucedáneo el populismo, políticas tendentes a cubrir
con una débil capa de progresismo las estructuras de poder que se han dejado
intactas y las injusticias y desigualdades subyacentes. Se trata de
políticas que en la mayoría de los casos no solucionan nada, incluso pueden
empeorar el statu quo, pero engañan a la población dando gato por liebre.

El PSOE hace tiempo que renunció a llevar a cabo una auténtica política de
izquierdas. Basta con mirar el proyecto de reforma fiscal del actual
Gobierno. Si, como decía Marx, la lucha impositiva es la forma más antigua
de la lucha de clases, la similitud entre los dos grandes partidos en
materia tributaria indica bien a las claras en qué situación se encuentra
hoy la correlación de fuerzas. Otro tanto se podría afirmar de otras muchas
cuestiones, tales como las condiciones del mercado laboral y de su
correlato: que la retribución de los trabajadores en promedio haya perdido
poder adquisitivo, al tiempo que se mantiene, incluso se amplía, el abanico
salarial. No es de extrañar por tanto que surjan los sucedáneos, el
populismo que en ocasiones se disfraza de nacionalismo y en otras de
feminismo.

Al igual que sucede en el nacionalismo, hay un feminismo victimista. Quien
lo profesa se refugia en su condición de mujer, dando a entender que todo
ataque o censura a su persona obedece tan sólo al odio que el increpante
siente ante todo el género femenino; el calificativo de machista está
siempre presto. Desde hace mucho tiempo, resulta difícil criticar a los
políticos de Cataluña y de Euskadi sin ser tildado inmediatamente de
anticatalán o antivasco. Pujol, en el affair de Banca Catalana, ya supo
disfrazar su procesamiento de agresión a toda Cataluña, y recientemente se
ha dado la paradoja de que Pasqual Maragall no pueda ser criticado por los
miembros de su propio partido sin que Carod-Rovira reclame respeto por las
instituciones catalanas.

Hace unos días, ese feminismo victimista eclosionó en el Congreso de los
Diputados de la manera más ridícula, mostrando la inconsistencia de algunas
posiciones. No diré yo que el portavoz del Partido Popular estuviese en su
interpelación especialmente brillante, pero se juzgue o no zafia su
intervención tampoco puede decirse que desentonase de otras muchas que se
escuchan en el hemiciclo diariamente; para bien o para mal, ése es el
lenguaje a que sus señorías nos tienen acostumbrados. Los medios de
comunicación han reproducido estos días invectivas parecidas o peores que
unas y otros, empezando por el mismo Zaplana, han tenido que sufrir. Achacar
tal fenómeno al machismo no deja de ser una estupidez.

La espantada de las parlamentarias, y de algún ministro, hace patente el
grado de majadería al que hemos llegado en esta materia y, lo que es aún
peor, dice muy poco de cierto feminismo. Siempre me ha parecido que la
existencia de cuotas se volvía en contra de las mujeres, ya que resulta
difícil sustraerse a la duda de si la designación obedece a mérito y
capacidad o, por el contrario, al simple hecho de ser mujer; pero el
descrédito puede ser mayor si a continuación se exige una situación de
privilegio, casi de intangibilidad, por pertenecer a ese género, y se está
siempre dispuesto a escudarse ante cualquier crítica en el fácil argumento
del machismo. Dicen que el corporativismo —y este feminismo lo es— es el
refugio de los inútiles que, incapaces de conseguir las cosas por sí mismos
y por su valía, recurren al colectivo. Las parlamentarias absentistas
hicieron un flaco favor a la señora vicepresidenta. Ella no precisaba de
tamaña ayuda para contestar al portavoz del PP. Su respuesta hubiera sido
impecable —Prefiero esa foto a la de las Azores”, si no hubiese sido por la
reacción de sus compañeras y porque ella también terminó la alocución con
referencias al machismo.

El establecimiento de cuotas es, además, empezar la casa por el tejado y,
lejos de atacar la enfermedad, pretende eliminar tan sólo los síntomas, lo
que sin duda puede ser muy lucrativo para un grupo selecto de mujeres que se
ven favorecidas por el simple hecho de serlo, pero no soluciona el problema
para la gran mayoría de la población femenina. Si no existe igualdad real en
las cúpulas políticas o en la dirección de las empresas, es porque la
incorporación de la mujer tanto al mundo político como al laboral es aún
imperfecta, y lo es porque se ha realizado sin solventar un asunto previo,
el reparto de trabajo dentro de la unidad doméstica.

Nos encontramos en un estado de transición. Partíamos de una situación
familiar tradicional caracterizada por una distribución de papeles en la que
el hombre trabajaba en el exterior y la mujer se encargaba de las tareas
internas del hogar. La incorporación de la mujer al mercado laboral (y
también a otros ámbitos sociales y políticos) no ha venido seguida, por lo
menos al mismo ritmo, del reparto de las funciones que hasta ahora ella
asumía en la familia, y no me refiero exclusivamente a lo que se llama en
sentido más estricto tareas domésticas, sino también, y quizás más
importante, al cuidado de la prole y la atención a los mayores. Sólo la
liberación de parte de esta carga permitirá que de forma general la mujer
pueda dedicarse en la misma medida que el hombre a otras actividades. La
paridad surgirá entonces en todos los ámbitos de forma espontánea y sin
necesidad de establecer cuotas.

Es en primer término un problema de educación y de mentalidad. Sin duda, en
los hombres; resulta evidente que puede existir y de hecho existe una
resistencia en el colectivo masculino a compartir estas tareas; pero también
en las mujeres. Sólo prejuicios feministas pueden hacer ignorar el hecho de
que son muchas las mujeres que se resisten a abandonar estas labores o a dar
participación en ellas al hombre. Pensemos por ejemplo en el rechazo que ha
tenido por parte de muchas asociaciones feministas la tan sólo posibilidad
de otorgar la custodia compartida en caso de divorcio. Mientras los jueces
concedan por principio a la esposa la custodia de los hijos bajo el
argumento de que es mejor para su educación, será difícil que nos creamos
que el hombre y la mujer son iguales en el hogar, y si no son iguales en el
hogar, difícilmente se van a comportar igual en el mundo laboral o en el
político.

Pero es también un problema de servicios sociales, y es ahí donde puede
radicar una verdadera política progresista. Más que cuotas, lo que se
necesita son residencias para los familiares ancianos y enfermos, y
guarderías y colegios con horarios escolares compatibles con los laborales;
en definitiva, instituciones capaces de facilitar a las mujeres y a los
hombres la vida activa fuera del hogar.

Existe una cierta mentalidad mágica que supone que todos los problemas se
solucionan a base de leyes; quizás es lo más sencillo (y a lo mejor también
lo más rentable electoralmente, ya que resultan fáciles de elaborar y de
vender políticamente), pero desde luego no lo más eficaz. Las leyes no
cuestan dinero; las guarderías y las residencias, sí, y cuando no se quiere
o no se puede realizar una política fiscal de izquierdas no hay después
recursos para esas bagatelas.

Juan Francisco Martín Seco